Gula

Alguien dijo “si fuera mi hija, no la dejaría salir así”, refiriéndose a dos chicas que llevaban unos pantalones vaqueros cortos. Y yo, claro, que no quise entender lo que quería decir, pregunté por qué. “Porque van provocando”. Pensé en todas mis faldas cortas, en mis vestidos con escote, en mis zapatos de tacón. Después recordé el caso de la chica afgana a la que habían matado por llevar un pintalabios en el bolso. Tampoco entonces quise comprender.

– ¿Qué es lo que van provocando?

– Que las violen, por supuesto.

Perpleja y enfadada, mientras me soltaba el pelo, contesté: “disculpe, señor, pero la gula nunca es culpa del pastel”.

Empezar

ChicagoHoy me he vuelto a enamorar.

Escuchaba a una señora contar cómo, después de morir su marido años atrás, había decidido abrir una pastelería en su barrio y, cómo no, no he podido evitar el flechazo. Me enamoran los valientes. Decía ella que nunca había trabajado por cuenta propia y que todo serían dolores de cabeza, pero la sonrisa con la que subrayaba sus palabras era la sonrisa de alguien con muchas ganas de empezar.

“¿Quién va a llevarte los papeles?” ha preguntado el interlocutor con mucha sensatez. “Lo tengo todo hablado con la gestoría”. Mercedes no quiere más líos de los necesarios. Tiene la tienda ya casi preparada y esta semana le traerán el rótulo. Yo, a dos cafés de distancia en la mesa de al lado, no podía salir de aquella conversación: la gente con historias que contar me atrae como la luz a los mosquitos. Parecieran más libros que personas.

Resulta que le brillaba la mirada una puta barbaridad y yo, que tengo predilección por las personas con ilusión, he querido quedarme a vivir allí, en la mesa de Mercedes, o en sus manos inquietas mientras hablabla de coulants de chocolate, o en el dibujo en la servilleta con el que ha explicado cómo llegar o, qué bonitas, en las chispas que saltaban de sus ojos llenos de esperanza.

Contaba también cómo sus hijos habían tratado de disuadirla, detallaban con precisión los mil y un problemas a los que tendría que enfrentarse a diario. Sus amigas la habían tachado de loca. El resto de la familia confiaba en que el proyecto nunca saliera adelante, pero, justo en este momento de la conversación, ha mirado por la ventana y se ha encogido de hombros. “Éste es mi sueño desde hace muchos años, ¿qué otra cosa puedo hacer?”.

Yo te entiendo, Mercedes, por supuesto. Cuando la pasión aprieta, rendirse es la única opción.